Construyan el rugby del futuro

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Una mayoría apostó por la continuidad, pero para avanzar en los cimientos del rugby de los próximos 20 años, nadie puede quedar afuera

La mayoría del rugby uruguayo apostó por la continuidad. Pero esa frase, incontrovertible, es peligrosa si se le toma  sin contexto.  Porque detrás del 8-1-2 del miércoles por la noche hay todo un proceso de debate y negociación, que costó mucho, pero que debe ser la base para todo lo que se viene en los próximos tiempos, y para que el gobierno que comienza sea bueno para todos.

La presidencia de Gustavo Zerbino arranca con el hándicap inocultable del voto en contra de dos de los tres clubes más poderosos del Uruguay. Aunque del otro lado, que tuvira nada menos que ocho votos a favor, y el hecho que Old Boys esté dispuesto a abrir una puerta si ingresa en una etapa de mayor colaboración general, hace que el presidente arranque los dos próximos años con una buena legitimidad.

Es bueno negociar y discutir. Enriquece y da la pauta de donde está parado el otro. Porque esa   legitimidad de ocho votos está basada en el propio proceso de consulta y reconsulta entre los clubes durante estos días, que permitió ir aunando consensos y no dar un sí con los ojos cerrados.

Hubo crítica y autocrítica, porque todos saben que la famosa directiva de unidad que se eligió en 2007 quedó en una expresión de deseo, en parte porque los clubes se fueron olvidando de la Unión –para volver sólo cuando tenían reclamos- pero también porque la directiva se fue cortando sola en temas importantes. Algunos clubes reconocieron que se comprometieron a un acompañamiento que se fue deshilachando, y aunque tienen reparos en varios puntos, creyeron que era justo darle otros dos años al presidente.

Por eso, aunque es continuidad, deberá haber cambios. Entre otros puntos, parece surgir de manera  clara la necesidad de que los presidentes de los clubes estén al tanto de los temas importantes de la URU, en reuniones periódicas con la directiva. Además hay determinadas ideas y objetivos que deberán seguir debatiéndose y que serán la hoja de ruta del nuevo gobierno. Quizás esas dos cosas completen lo más importante que los clubes se deban llevar de la sede de la calle Ana Monterroso: la necesidad de hablar, discutir, estar al tanto, negociar, consensuar. Tener diferencias, porque es la única manera de avanzar, pero que puedan definirse poniéndolas sobre la mesa.

Votar es uno de los actos más sagrados de cualquier sociedad democrática. Por eso son buenas las instancias como las de anoche. Y también es bueno que no se llegue a una unanimidad ni a un consenso absoluto. Si los días de elecciones nacionales son de fiesta, ¿por qué los de Asamblea de clubes tienen que ser de nerviosismo, tirantez, idas y vueltas? Entre todas las divergencias URU-clubes de este año, ninguna parece ser tan radical que, con una discusión sincera y sin preconceptos, haya dos partes que no puedan ponerse de acuerdo. Todos han tenido sus razones en su momento, y en otros les ha faltado. Solo está faltando eso: la frialdad para ver las cosas en perspectiva. Y quizás ayer haya empezado a verse algo del bosque, en lugar del árbol circunstancial.

De todos modos, la historia indica que no alcanzará con buenas intenciones. Habrá que trabajar para darle institucionalidad a las decisiones tomadas, poniéndose como meta el compromiso para cumplir lo pactado y la grandeza para saber ceder cuando sea necesario. Como dijo el presidente electo José Mujica el 29 de noviembre: acá no debe haber vencidos y vencedores, y no se puede olvidar a los que votaron diferente, así como los que votaron diferente deben sumarse a trabajar codo con codo. Con la visión de que, mientras no haya un gran acuerdo general en cuatro o cinco puntos, no se podrá trabajar en los grandes cimientos del rugby uruguayo de los próximos 20 años. Ese acuerdo no será unidireccional, sino mutuo y con un permanente zurcido. Es la única salida posible.


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