Salven al rugby

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 Los clubes tienen la chance hoy de empezar a buscar un consenso real y salvar la imagen del rugby uruguayo

Esta noche el rugby uruguayo tiene la oportunidad de cambiar la imagen que viene dejando en las últimas dos semanas. De demostrar unidad en lo más básico, más allá  de nombres concretos de candidatos. De sentarse en una misma mesa y decir: hacia allá queremos ir.

¿Importa el nombre de un presidente? ¿O importa quién será el próximo DT? ¿O el campeón del Uruguayo 2010? ¿Hasta es importante clasificar a Nueva Zelanda 2011? Claramente, no. 

Es el gran drama en el que el rugby uruguayo ha entrado en los últimos años. Creer que la denominada “alta competencia” es el norte.

El norte es que más escuelas públicas se sumen a utilizar el rugby como forma de educar, y de ayudar a niños en situación de pobreza a encontrar una herramienta de educación y socialización. Importa tener gente capacitada en las plazas públicas de deporte, para transmitir ese orgullo que todos los rugbiers tienen por la calidad formativa de su deporte. Importa crecer desde la base, e importa que los miles de niños que practican rugby en Uruguay no lo dejen a los 15, 16 o 17 años como ocurre actualmente. Importa que los clubes sean fuertes, y que la brecha entre los de arriba y los de abajo no se extienda cada vez más y de manera irreversible. Importa que los chiquilines de esos clubes “de abajo” no pierdan sistemáticamente por 80 puntos o más cada fin de semana, porque es el camino más asfaltado hacia la desmotivación y el abandono. Importa que los clubes tengan gente que trabaje, honorariamente, pero también rentados, para bancar esas estructuras de cientos de chiquilines que cada semana quieren aprender conceptos para aplicarlos el fin de semana en la cancha. Importa que los jugadores de Primera o Intermedia puedan jugar durante la mayor cantidad de tiempo posible en el año, porque para eso pagan la cuota de sus clubes.

Eso es el verdadero rugby. Claro que ayudará clasificar a un Mundial, por la vidriera que significa, y claro que a cada club le servirá ser campeón uruguayo, para sumar más gente o sponsors que le permita seguir creciendo.

Pero la discusión sobre la punta del iceberg ha llevado al rugby uruguayo a meterse en una pelea que, si se da dos pasos hacia atrás y se ve las cosas con suficiente perspectiva, es absurda. Y de eso no se salva nadie. Que 11 clubes, y que no más de 50 personas –no pasa de ese número la gente que realmente decide las cosas en los clubes y por ende en el rugby uruguayo- no se puedan poner de acuerdo en los grandes puntos básicos sobre a dónde dirigirse es un papelón que deja muy mal parado al rugby. Que refleja la misma medianía de tantas otras áreas del país, como la política. Porque los países y las organizaciones que avanzan son las que tienen ya ganados ciertos consensos.

Preguntarse por qué no se ha podido lograr un consenso básico a través de los años, y mantenerlo, es culpa de todos. De los que no lograron convencer y de los que no se dejaron convencer. Mejor dicho: de pensar que hay que convencer, antes que consensuar.

Claro que hay mucha gente que ha trabajado por llevar las cosas hacia el centro. Y por eso no todo  el futuro es negro. Ya se demostró algo en la asamblea del miércoles, cuando los clubes votaron una moción de apoyo a lo actuado. Hay quienes han hecho un trabajo de hormiga en estas semanas para llegar a la posición común. En algún sentido, todos lo han hecho. Pero lamentablemente han sido derrotados, una y otra vez. Y, paradójicamente, nadie les ganó. Esa victoria no tiene la cara de nadie, sino de la intransigencia, que le ganó a todos. 

Quizás se esté en el camino correcto, y la decisión de Zerbino haya llegado a destiempo, cuando se estaba encaminando una salida que, aunque no fuese la ideal, tenía mayorías suficientes. Aunque también es cierto que el hipotético armado de la directiva también causó nuevas marchas y contramarchas.

Pero de todos modos eso tampoco alcanzaría. No es suficiente una mayoría circunstancial. Eso puede alcanzar para la decisión política diaria, que puede variar según las circunstancias, y en ese aspecto sí es bueno que haya disidencia y discusión permanente. 

Pero no puede alcanzar para marcar los grandes rumbos del rugby. Allí son imprescindibles los grandes consensos. Porque sin eso, el rugby no tiene futuro.


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